El bruñido produce una superficie de precisión en una pieza de metal al frotar una piedra abrasiva contra ella en un recorrido controlado. Se emplea principalmente para mejorar la forma geométrica de una superficie, pero también puede mejorar el acabado superficial.
Los abrasivos que se utilizaban con mayor frecuencia eran el óxido de aluminio y el carburo de silicio. Estos abrasivos convencionales funcionaron bien en su momento, pero solo podían eliminar pequeñas cantidades de material y no trabajaban bien con los materiales muy duros.
Los ejes expansibles con superabrasivo, hechos de CBN o diamante, han ayudado a lograr tasas de eliminación de material mucho mayores que las alcanzadas con las piedras convencionales. Casi cualquier tipo de material puede ser pulido con éxito por uno o ambos de estos superabrasivos. Hablamos de todo tipo de acero, aleaciones, súper aleaciones, hierro fundido, carburos, revestimientos y recubrimientos, cerámica y vidrio.
Con estos superabrasivos los procesos de bruñido pueden reemplazar las operaciones de rectificado fino, de rectificado interno y también ciertas operaciones de pulido.

En el bruñido, los movimientos simultáneos rotativos y de vaivén de las varillas dan como resultado una trama cruzada en la superficie de la pieza de trabajo (con ángulo de incidencia que varía de 30 a 70 °).
El tamaño de grano determina, generalmente, el acabado de la superficie.
Cuanto más grande el tamaño de grano, más rugoso el acabado de la superficie y mayor eliminación del material.
